La silenciosa, pero tranquila, noche estaba llena de paz. Las estrellas en el cielo parecían acercarse hacía la tierra, mientras la luna resplandecía como un gran faro que guiaba, en vez de barcos, a los amantes de la naturaleza quienes se deleitaban al ver el magnífico espectáculo. Junto al jardín estaba él, tan s ereno y pensante. Tomó su pistola y se dijo a sí mismo: -Es sin duda una buena noche para morir- Salió del jardín, ocultó el arma y caminó sin rumbo fijo. Lo único que pasaba por su mente eran todos esos momentos en los que había sido humillado por esas personas que se decían tolerantes. Avanzó hacía una calle amplia, delante de él los árboles de las entradas obsequiaban una vista nada despreciable. A pesar de haber transitado cientos de veces por esa calle, esta vez era diferente. Pasó frente a la casa de la señora Hernández, ésta le saludo cordialmente: -Buenas noches vecino- Él sólo la miró, le dedicó una sonrisa y siguió caminando. Justo cuando dobló por la ...