Ricardo caminaba a paso acelerado por las calles de aquella ciudad un poco vieja y polvorienta, se detuvo en un puesto de periódicos y se hurgó en los bolsillos, sacó un billete de 20 pesos y se lo dio al tendero. Tomó uno de los diarios, y lo ojeó. Sonrió para si mismo y continuó caminando. Con destino fijado. El destino de aquel joven era Santa Mónica, un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad, que tiempo atrás había sido famoso por su vida alocada. Las drogas, la cerveza y el sexo eran cosas habituales en aquel lugar. Los habitantes de pueblos aledaños solían viajar a Santa Mónica simplemente para sumergirse en el poder del vicio. A decir verdad, poco de esto importaba ya, aquellos días gloriosos y no tan gloriosos habían pasado al olvido por los habitantes de aquel pequeño lugar; Santa Mónica se había convertido en un pueblo olvidado que fue hundiéndose poco a poco después de los acontecimientos violentos que se fueron suscitand...